Desde la época de Carmen Martín Gaite y anteriormente, el matrimonio se había presentado como una oportunidad para permanecer con una persona durante toda la vida. Aunque, la presentación del vínculo se hacía de diferente modo a cada miembro de la pareja.
En el caso del hombre, criado en una sociedad machista, tenía generalmente la idea de tener una ama de casa gratuita y eterna. Mientras que en el caso de la mujer, se le presentaba el matrimonio como la oportunidad de disfrutar de un compañero perenne que la escuchase, comprendiese y quisiese estar con ella. Las dos caras de la misma moneda dejan ver cómo el sueño en el ser humano de no permanecer solitario le encerraba en una mentira.
Sin embargo, con el paso del tiempo y llegando a años recientes, el divorcio ha adoptado un protagonismo con el que antes solo contaba el matrimonio, por ello, quienes se mantienen casados poseen una posición social que no es mayoritaria. De esta manera, como en todo, el concepto de importancia o prestigio está vinculado con el de escasez, a mayor escasez de parejas, mejor será el estatus de quienes estén casados. Además, este estatus está cimentado sobre los ideales de felicidad del himeneo, lo que contribuye a que más personas admiren esta institución.
En conclusión, en la actualidad el matrimonio conserva su prestigio social y las condiciones favorecen a que continúe siendo así en los años venideros. De hecho, la posibilidad de casarse sea una persona perteneciente a una religión o atea incita a que se sigan produciendo más casamientos y el círculo continúe su trayectoria.
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