La elección inyungida

Ante el travesío de la tecnología entre la libertad y la obligación surge el debate en el que sesionan los argumentos a favor del colectivismo tecnológico y sus opuestos, aquellos faccionarios del individualismo. En el siglo de la información, ¿es un deber o un derecho estar conectado con el resto del mundo?

Según se puede observar por diversas páginas web como  Statista GmbH,  INE (Instituto Nacional de Estadística)  o Ontsi (Observatorio Nacional de Tecnología y Sociedad) el consumo de teléfonos inteligentes ha incrementado año tras año desde el lanzamiento del primero. Este auge en la venta de dispositivos electrónicos, se debe a lo cómodo que es tener un aparato en el bolsillo con el que poder sacar fotos, llamar, entretenerse con juegos, ver películas, escuchar música e incluso trabajar. Sin embargo, si una persona puede hacer su trabajo desde el móvil es porque o bien trabaja sola, o bien porque el resto de trabajadores y/o clientes con los que se relaciona también tienen una vía de acceso a la comunicación por Internet. De este modo, cuanto mayor es el número de personas con dispositivos inteligentes y conexión a Internet, mayor es el rédito. 

Acorde con el filósofo Byung-Chul Han, los teléfonos son una herramienta de dominación, llevada en la mano constantemente como un rosario, con el botón de "me gusta" en redes sociales sirviendo como un "amén" digital. No obstante, no ha sido necesario conocer el desarrollo de la tecnología en el siglo XXI para atisbar el peligro que esta podía ofrecer. Desde mediados del siglo pasado, Martin Heidegger, atistaba por el tragaluz del tiempo y la fragilidad de la estructura social, una distopía focalizada en las relaciones humanas. Análogamente, el filósofo francés Jacques Ellul manifiesta un razonamiento similar en sus obras. 

En contraposición, la estepa tecnológica ofrece proficuas posibilidades como la continua formación en cualquier rama del conocimiento, mantener el contacto a distancia, un mayor entretenimiento e incluso, la capacidad de conocer el mundo aunque sea a través de una pantalla. Las ignotas avinentezas ofrecidas por la teconología ofrecen el contrapunto necesario para que este asunto sea digno de embregarse. 

En conclusión, a pesar de que sea necesaria la voz de filósofos respetados, conocidos y aclamados para defender la resistencia a la invasión tecnológica, la desidiosa pleitesía ante la comodidad digital se defiende por sus méritos propios. A la pregunta inicial, cada uno le puede dar su respuesta, su convencimiento y su fé. Desde aquí, la opinión es infracta, se trata de un deber estar conectado con el resto del mundo, la razón fundamental es el ámbito social, particularmente, el familiar. No obstante, esta práctica y amanosa novedad electrónica culmina su desarrollo convirtiéndose en el estresor que vive en el bolsillo.



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